Francisco Gonzalez Antivilo

Por Rosalía Paz · Botánica al Plato

La historia con Francisco ocupa un lugar difícil de clasificar en este herbario. Fran no fue mi discípulo formal. Fue, primero, un compañero de oficina; después, uno de mis colaboradores científicos más cercanos; y con el tiempo, mi compañero de vida y de trabajo.

Lo conocí cuando me mudé a Mendoza para empezar mi estancia postdoctoral en el laboratorio del Dr. Ricardo Masuelli, en la Facultad de Agronomía. Como no había más escritorios disponibles en el laboratorio, Ricardo gestionó que compartiera oficina con un estudiante doctoral de la cátedra de Fisiología Vegetal.

Así empezó todo: dos escritorios, una oficina compartida y una convivencia tranquila. Siempre fuimos buenos compañeros de trabajo. Manteníamos el orden, respetábamos los espacios y cada uno seguía con sus preguntas.

Hasta que un día se me ocurrió consultarle algo sobre mi propio trabajo. Fran me dio una verdadera clase de fisiología vegetal. No solo respondió mi pregunta: me ayudó a entender un resultado que yo nunca había logrado encajar del todo y que había quedado medio descolgado en un artículo científico. Poco después, él me pidió ayuda con unos preparados anatómicos que no sabía cómo analizar. Ahí nació una de las colaboraciones científicas más fértiles de mi vida. Fran estaba haciendo su doctorado en vid y quería demostrar algo que, en ese momento, sonaba casi provocador: que en Mendoza podía haber muerte de plantas por heladas de invierno. La idea era osada porque la creencia general era que la vid era suficientemente resistente al frío y que las temperaturas de Cuyo no alcanzaban niveles capaces de producir daños importantes.

Además, muchas de las escalas de resistencia al frío utilizadas provenían de Estados Unidos, donde en un invierno normal las temperaturas pueden llegar fácilmente a -30 °C. En Cuyo, en cambio, los extremos suelen ser menos severos, aunque igualmente dañinos para determinados tejidos o momentos fisiológicos. En pleno clima de discusión sobre calentamiento global, Fran recibía bromas de todo tipo: más de uno le decía que se había equivocado de estrés.

Yo nunca había trabajado con una especie perenne. La vid, además, no es cualquier cultivo. Es uno de los frutales más importantes del mundo y tiene una enorme carga cultural. En Mendoza, la vid organiza paisaje, economía, identidad y calendario social. Todo gira, de algún modo, alrededor de ella: los oasis productivos, las bodegas, el diseño del territorio y hasta la Fiesta de la Vendimia, una de las celebraciones más importantes dedicadas a un cultivo.

Estudiar el frío en vid no era sencillo. A diferencia de otros estreses ambientales, como sequía o salinidad, que pueden manipularse con cierto control en macetas, el estrés por frío implica reproducir condiciones térmicas muy específicas sobre tejidos leñosos de una planta perenne. No alcanza con “poner frío”: hay que simular descensos graduales de temperatura, como ocurre en la naturaleza, y evaluar en qué punto los tejidos empiezan a dañarse.

Como en el país no existían capacidades instaladas para ese tipo de mediciones, Fran viajó a trabajar con Markus Keller, en Prosser, Estados Unidos. Markus tiene una larga trayectoria en fisiología de la vid y resistencia al frío, y su laboratorio cuenta con equipamiento específico para determinar umbrales de daño en distintos cultivos. Ese viaje fue clave para que Fran volviera con otra escala de preguntas y herramientas.

Antes de contar con el actual simulador basado en el método de DTA —una técnica que permite detectar eventos de congelamiento en tejidos vegetales—, Fran armó la versión 1.0 para simular heladas. No era un equipo sofisticado: era un freezer adaptado con botellas de agua, que funcionaban como masa térmica y permitían que la temperatura descendiera de manera más gradual, parecida a lo que ocurre durante una helada real. Con ese sistema hizo buena parte de su tesis. Había que tomar muestras en distintos momentos del invierno, iniciar la simulación, bajar lentamente hasta valores cercanos a -18 °C y retirar material cada pocos grados para evaluar el daño.

La tasa de descenso era lenta, alrededor de un grado por hora, porque la idea era imitar una helada real. Eso significaba jornadas larguísimas, repetidas semana tras semana. A veces, en medio de una simulación, se cortaba la luz. Y entonces había que empezar de nuevo. Ciencia argentina en estado puro: hipótesis ambiciosas, equipos inventados, paciencia y una enorme capacidad de volver a intentar.

El corazón de su tesis era una pregunta muy fina: si un invierno cálido podía dejar a las plantas más vulnerables frente a una helada que un invierno frío. Parece contradictorio, y justamente por eso era difícil de explicar. Una vez incluso le rechazaron un resumen de congreso porque no entendían por qué calentaba plantas si quería estudiar el frío (tuvimos que contestar con un artículo publicado para que lo acepten).

Pero la hipótesis tenía mucho sentido fisiológico. Las plantas expuestas a un invierno crudo suelen mantener o profundizar su aclimatación al frío. En cambio, si el invierno es más cálido, pueden perder parte de esa resistencia y quedar más expuestas ante una helada posterior. Para probarlo, Fran comparaba plantas mantenidas en un invernadero calefaccionado con plantas expuestas al invierno exterior.

Después de tres años acumulando datos, el análisis nos superaba. De cada simulación salían proporciones de daño a distintas temperaturas, en distintos momentos y bajo distintos ambientes térmicos. Necesitábamos una forma estadística sólida de leer ese patrón. Entonces recurrimos al grupo de Mónica Balzarini, en Córdoba.

Durante dos días trabajamos con Mariano Córdoba, uno de sus discípulos, ordenando datos, modelos y gráficos. Fran estaba muy nervioso. Había mucho en juego: si su hipótesis era correcta, las plantas expuestas a un ambiente más cálido debían mostrar menor resistencia al frío que las plantas mantenidas en condiciones de invierno más crudo.

Finalmente nos sentamos con Mónica frente a los gráficos. Ella empezó a marcar los asteriscos de significancia estadística. El patrón aparecía. Y no una vez: se repetía en los tres años de datos. Fran tenía tesis.

Esa noche terminamos en la guardia. A Fran le dio un ataque de pánico por todo el estrés acumulado. Lo cuento porque a veces la ciencia se narra como si fuera una sucesión prolija de hipótesis, experimentos y conclusiones. Pero por detrás hay años de incertidumbre, cansancio, miedo a que los datos no cierren, presión y cuerpos que también pasan factura.

Fran defendió su tesis doctoral el 16 de marzo de 2018. Exactamente un mes después, nos casamos.

Después de eso, se embarcó conmigo en la aventura de montar el laboratorio en San Juan. Pero también empezó a abrir una pregunta nueva: por qué, dentro de una misma finca, había plantas dañadas por frío y otras no. Esa observación lo llevó a pensar en la heterogeneidad térmica espacial y en el microclima como una escala clave para entender el daño por heladas.

Empezó estudiando una finca en el Valle del Pedernal, en San Juan, instalando una red densa de sensores de temperatura. Allí encontró diferencias térmicas de varios grados entre sectores muy cercanos. Eso confirmaba algo central: las decisiones agrícolas no podían seguir apoyándose únicamente en una estación meteorológica o en unos pocos datos generales. Dentro de una misma finca podían existir mundos térmicos distintos.

Con el tiempo, esa línea fue creciendo. Fran demostró que era posible caracterizar, modelar y anticipar patrones microclimáticos dentro de una finca, y que esos patrones podían ser lo suficientemente estables como para usarse en la gestión agrícola. Ya no se trataba solamente de medir temperatura, sino de transformar esa información en zonas de manejo, criterios de implantación y estrategias frente a heladas.

Ahí empezó otra aventura compartida: pensar cómo traducir conocimiento fisiológico y datos microclimáticos en herramientas concretas para tomar decisiones en el territorio. Digo compartida porque, sí, Fran me arrastró a esa odisea. Lo que comenzó como una pregunta sobre daño por frío en vid terminó convirtiéndose en una línea de trabajo aplicada, con sensores, mapas, modelos térmicos y muchas horas de campo.

Por ese desarrollo recibimos en 2024 un reconocimiento como Emprendimiento del Año en Mendoza. También publicamos libros y participamos en numerosas caracterizaciones microclimáticas en fincas, siempre con la misma idea de fondo: entender que el clima no ocurre igual en todas partes, y que medirlo bien puede cambiar la manera en que se toman decisiones agrícolas.

La historia científica con Fran no entra fácilmente en una categoría. No fue mi tesista, ni mi discípulo, ni simplemente un colaborador. Fue una de las personas con las que más profundamente aprendí a pensar. Él me llevó hacia la fisiología de la vid, el frío, el microclima y la escala territorial. Yo lo acompañé en análisis anatómicos, escritura, interpretación de datos, proyectos y discusiones interminables.

Con Fran aprendí que algunas colaboraciones no se limitan a un paper. Algunas se vuelven una forma de mirar el mundo. En nuestro caso, la ciencia, el trabajo y la vida se fueron mezclando hasta formar una misma trama: vid, frío, mapas, sensores, escritura, familia y esa costumbre compartida de meternos en problemas demasiado grandes hasta encontrarles una forma.

Publicaciones vinculadas

  • Giménez MD, Yáñez Santos AM, Paz RC, Quiroga MP, Marfil CF, Conci VC y García Lampasona S. 2016. Assessment of genetic and epigenetic changes in virus-free garlic (Allium sativum L.) plants obtained by meristem culture followed by in vitro propagation. Plant Cell Reports 35: 129–141.
  • Noguera Serrano SP, Gimenez MD, Paz RC, Galmarini CR. 2024. Heritability of floral traits in Allium cepa L. populations from biparental crosses. Crop Science 64(2): 738–755. https://doi.org/10.1002/csc2.21204.
Ciencia, plantas cultivadas y cultura alimentaria

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Sobre quien escribe
Soy Rosalía Paz, investigadora y divulgadora científica. En Botánica al Plato exploro la historia de las plantas cultivadas y el modo en que moldearon nuestra alimentación, nuestros paisajes y nuestra cultura.

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