Magalí Gimenez

Por Rosalía Paz · Botánica al Plato

A Magalí la conocí durante mi postdoctorado en el Laboratorio de Genética de la Facultad de Agronomía, en Mendoza. Ella es oriunda de Santa Fe y en ese momento estaba haciendo su doctorado en ciencias biológicas, bajo la dirección de la Dra. Sandra García Lampasona y Dra. Vilma Conci.

Su trabajo buscaba identificar nuevas fuentes de variabilidad en un cultivo muy particular: el ajo. A diferencia de muchas plantas cultivadas, el ajo casi no se reproduce por semillas: se multiplica principalmente por dientes, copiando una planta a partir de otra. Eso permite conservar materiales valiosos, pero también limita las formas clásicas de generar diversidad. Por eso, en ajo, cualquier fuente adicional de variación resulta especialmente interesante. En ese contexto, los cambios epigenéticos abrían una pregunta nueva: ¿podía haber diferencias importantes entre plantas aunque no cambiaran las letras de su ADN?

Durante mucho tiempo se pensó que las diferencias entre individuos dependían casi exclusivamente de cambios en la secuencia del ADN. Pero en las últimas décadas esa mirada se amplió. La epigenética estudia modificaciones que no cambian las letras del ADN, pero sí pueden afectar la manera en que los genes se expresan. Son como marcas químicas sobre el genoma. Algunas pueden heredarse, otras no, y muchas pueden modificarse por efecto del ambiente de manera reversible, a diferencia de las mutaciones clásicas del ADN, que son cambios mucho más estables.

Yo entré en esa historia a través de la tesina de grado de Anahí Yáñez Santos, en la que trabajábamos con materiales de ajo que mostraban diferencias asociadas a cambios epigenéticos. Mi aporte fue ayudar a aislar, clonar, secuenciar y analizar algunos fragmentos de ADN que podían servir para entender mejor esa variación. Así empezó mi vínculo científico con Magalí: entre ajo, epigenética, marcadores moleculares y largas conversaciones de laboratorio.

Magalí se doctoró y luego volvió a Santa Fe para trabajar en Zavalla, junto a Gustavo Rodríguez, en el Instituto de Investigaciones en Ciencias Agrarias de Rosario. Pero tiempo después, hacia el final de su estancia posdoctoral, apareció una oportunidad en San Juan. En nuestro instituto había salido un proyecto de ordenamiento territorial que incluía, entre otras líneas, un cargo para fortalecer el laboratorio de genética que yo estaba creando. Magalí se presentó, obtuvo el cargo y armó sus valijas para venirse con su familia a vivir a San Juan.

Su trabajo era apoyar distintas líneas de genética del CIGEOBIO: nuestra línea vinculada a producción y mejoramiento, y también proyectos de conservación de otros grupos. Pero había un pequeño detalle: el laboratorio todavía no existía.

Ya habíamos conseguido que refaccionaran la casa que nos habían asignado, pero faltaba casi todo. Había que pintar paredes y ventanas, comprar muebles, recibir equipos, instalarlos, organizar espacios, ordenar reactivos, armar protocolos y transformar una construcción vacía en un laboratorio real.

Magalí, lejos de salir corriendo, se sumó a ese sueño. Y no lo hizo desde afuera ni como una técnica que simplemente ejecutaba tareas. Lo hizo como alguien que entendió que estábamos construyendo algo desde cero y decidió hacerlo propio.

Durante esos años fue mi mano derecha. Juntas pensamos espacios, recibimos equipos, resolvimos problemas absurdos y problemas serios, lidiamos con compras, instalaciones, demoras, falta de infraestructura y con todas esas tareas invisibles que casi nunca aparecen en los CV, pero sin las cuales la ciencia no ocurre.

También compartíamos una obsesión bastante saludable por la bioseguridad y por la distribución de los espacios. No queríamos simplemente llenar una casa con equipos: queríamos armar un laboratorio que funcionara bien, con áreas ordenadas, circulación lógica, reactivos bien guardados y condiciones seguras para trabajar. Esa mirada fue clave para pensar cada instalación con criterio.

Maga también coordinó la conexión de internet del laboratorio con la universidad. Hoy el laboratorio tiene internet y parece algo dado, casi natural. Pero detrás de esa conexión hubo una pequeña epopeya: el edificio estaba en un predio alejado, sin fibra óptica, y fue necesario instalar un sistema de radioenlace. Eso implicó conseguir un torrista, una persona capaz de subir a unos 50 metros de altura para montar y alinear equipos pesados con los aparatos de radioenlace de la universidad. Maga estuvo ahí, siguiendo cada paso, resolviendo lo que había que resolver para que esa conexión existiera.

También atajó penales de los más diversos. Durante años peleamos para que cortaran un árbol que amenazaba con caerse sobre parte del predio. Maga insistió, gestionó y finalmente logró que lo sacaran. Parecía que el destino de ese árbol era romper algo, y así fue: cuando cayó, rompió la cisterna. Pero al menos cayó en un contexto en el que alguien estaba mirando, gestionando y resolviendo. Esa clase de escenas no suele aparecer en los relatos científicos, pero forma parte de la vida real de un laboratorio en construcción.

Y su trabajo no se limitó a la infraestructura. Maga también estuvo en el barro de los ensayos: cosechó zapallos, ayudó a medir, contar, registrar y analizar materiales. En algunos experimentos teníamos cientos de frutos sobre las mesadas y en el piso, cada uno esperando ser pesado, medido, cortado o clasificado. Esa mezcla de laboratorio, campo, logística, gestión y paciencia fue parte central de lo que sostuvo al grupo durante esos años.

Al mismo tiempo, el laboratorio empezaba a ponerse en marcha. Pero todavía nos faltaba un equipo clave para poder hacer estudios de marcadores genéticos: la campana de extracción. Ese equipo permite manipular reactivos volátiles y tóxicos necesarios para extraer y procesar ADN, como fenoles o acrilamida, sin poner en riesgo la salud de las personas que trabajan en el laboratorio.

Conseguir esos fondos no fue fácil. Las campanas eran caras y durante mucho tiempo tuvimos el laboratorio casi listo, pero sin poder avanzar en estas técnicas centrales. Hasta que finalmente salió el subsidio. Pudimos comprar no una, sino dos campanas de extracción. Magalí las recibió, acompañó su instalación con Hugo Sánchez y Rodolfo Godoy, dos miembros de la carrera de  personal de apoyo que también fueron muy importantes para poner el laboratorio en marcha y, a partir de ahí, empezó la puesta a punto del área de marcadores genéticos.

Hay una escena que todavía recuerdo con mucha emoción. El último equipo en empezar a usarse fue, paradójicamente, el primero que yo había logrado comprar: la cuba de electroforesis vertical, allá por 2015. Ese equipo permite separar fragmentos de ADN en un gel y comparar diferencias entre muestras, pero para usarlo dependíamos de la adquisición de la campana. Durante años estuvo ahí, esperando su momento, mientras avanzaban trámites, refacciones, compras e instalaciones. En 2025, exactamente diez años después, Maga me mostró los primeros geles. Fue uno de esos momentos pequeños hacia afuera, pero enormes hacia adentro: el laboratorio de genética y biología molecular finalmente funcionaba.

Con Magalí pusimos a punto técnicas de microsatélites y RAPD, necesarias para varios proyectos del grupo. También acompañó estudios vinculados a genética de cultivos, conservación y mejoramiento hortícola, sosteniendo tanto el trabajo fino de mesada como las tareas grandes y físicas que implicaban los ensayos a campo.

Magalí no fue mi discípula en el sentido formal. Fue otra cosa: una compañera de ruta, una co-equiper, una persona con la que fuimos creciendo juntas mientras el laboratorio también crecía. Por eso tiene un lugar en este herbario. Porque no todas las trayectorias que nos forman pasan por una dirección de tesis. Algunas pasan por compartir mesadas, escribir protocolos, recibir equipos, resolver problemas imposibles y sostener un sueño cuando todavía parece demasiado frágil.

En el fondo, siempre supe que algún día iba a volver a Zavalla. Santa Fe era su lugar en el mundo. Así que cuando a finales de 2025 me pidió hablar, empecé a esquivar esa charla, porque ya presentía de qué se trataba. Para entonces había dejado andando las técnicas de microsatélites y RAPD, y el laboratorio tenía una base mucho más sólida que cuando ella llegó.

Su partida me dejó un vacío enorme. No solo por lo que hizo en el grupo, sino por quién es. Maga fue una pieza clave en la construcción del Laboratorio de Genética y Biología Molecular del CIGEOBIO, pero también fue una presencia humana muy importante: generosa, práctica, comprometida y capaz de convertir una lista interminable de problemas en algo que, poco a poco, empezaba a funcionar.

Hay personas que pasan por un laboratorio y dejan datos. Otras dejan equipos instalados. Otras dejan protocolos. Magalí dejó todo eso, pero también dejó una forma de estar: hacerse cargo, acompañar, cuidar el trabajo común y ayudar a que una idea se vuelva posible.

Publicaciones vinculadas

  • Giménez MD, Yáñez Santos AM, Paz RC, Quiroga MP, Marfil CF, Conci VC y García Lampasona S. 2016. Assessment of genetic and epigenetic changes in virus-free garlic (Allium sativum L.) plants obtained by meristem culture followed by in vitro propagation. Plant Cell Reports 35: 129–141.
  • Noguera Serrano SP, Gimenez MD, Paz RC, Galmarini CR. 2024. Heritability of floral traits in Allium cepa L. populations from biparental crosses. Crop Science 64(2): 738–755. https://doi.org/10.1002/csc2.21204.

Ficha de trayectoria
Magalí Giménez
Compañera de laboratorio | Ajo, epigenética y construcción institucional
Doctora en ciencias agrarias, formada en el estudio de la variabilidad en ajo y en herramientas moleculares asociadas a cambios epigenéticos. Se incorporó al CIGEOBIO para fortalecer las líneas de genética aplicada a cultivos, mejoramiento y conservación.
Fue una pieza clave en la puesta en marcha del Laboratorio de Genética y Biología Molecular: organización de espacios, instalación de equipos, conexión de infraestructura crítica y puesta a punto de técnicas de marcadores genéticos como microsatélites y RAPD.
También acompañó el trabajo de campo y laboratorio en proyectos hortícolas, desde la cosecha y medición de cientos de zapallos hasta el procesamiento de datos y materiales experimentales.
Hito: ayudar a transformar un laboratorio en construcción en un espacio real de trabajo científico.

Ciencia, plantas cultivadas y cultura alimentaria

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Sobre quien escribe
Soy Rosalía Paz, investigadora y divulgadora científica. En Botánica al Plato exploro la historia de las plantas cultivadas y el modo en que moldearon nuestra alimentación, nuestros paisajes y nuestra cultura.

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